Sábado, 15 Octubre, 2016 "Un recuerdo olímpico en sepia", artículo del periodista y atleta Juan Carlos Rodríguez para el 21 Quixote Maratón
Enriqueta Basilio.

Ciudad Universitaria de México, distrito federal. Estadio olímpico, octubre 1968.  Una atleta del país anfitrión, Enriqueta Basilio, porta emocionada la antorcha olímpica en el último relevo.  Casi 36 años después, Enriqueta ha paseado esa misma llama olímpica por su país en el tránsito hacia Atenas 2004. 

Entre estas dos imágenes hay innumerables evocaciones que intentan abrirse paso ante mis ojos. Hace unos años tuve el honor de llevar esa misma llama por las calles de Madrid. Honor y suerte, porque no me podía imaginar que yo tuviese ese privilegio, junto a deportistas españoles de la talla de García Bragado, Chema Martínez, Corbalán, Romay, Llorente o Blanca Fernández Ochoa.

La imagen de esa ex atleta mejicana me permite enlazar este acontecimiento con los vividos en mi adolescencia, y que supusieron mi total identificación con el atletismo como deporte en su máxima expresión. En 1968 yo acumulaba tres años de competiciones escolares en las categorías alevines e infantiles en pruebas de velocidad (60, 80, 150 y 4 x 60 metros) y ya probaba los 100 y 200. Representaba a mi colegio, Nuestra Señora del Prado. El escenario: las pistas del viejo estadio de la Puerta de Santa María, en Ciudad Real.

El campo de fútbol era el oficial del C.D.Manchego.  Las pistas que lo circundaban  nacieron de ceniza, pero con el paso de los años eran de pura tierra apelmazada.  Recuerdo  haber arrancado hierbas de las calles de esa pista junto a otros “chiflados” por las carreras. También había tenido ocasión de pisar  las pistas de las otras tres capitales manchegas, porque un puñado de jóvenes ilusionados participábamos por aquel entonces en los primeros Juegos de la Mancha representando a la provincia de Ciudad Real. Sólo la arcilla de la pista toledana era algo mejor.

Pero nada comparado con lo que yo me aprestaba a ver en aquellos Juegos Olímpicos.

Recuerdo mis ojos asombrados ante el televisor durante las noches de aquel octubre fantástico. Los espectadores pudimos contemplar un recinto ovoide, futurista, como extraído de la película de Kubrick de aquel año: 2001, una odisea en el espacio. Vimos ocho calles  cuya base de material sintético (el tartán) estaba destinada a convertirse en una alfombra milagrosa, un trampolín hacia la gloria olímpica. Oímos que ese material polímero con resinas especiales, de 25 Mm. de espesor, ofrecía una superficie antiderrapante, resistente y estable frente a los cambios climáticos. Lo que sucedió después nos demostró que aquello era de otra dimensión; no tenía nada que ver con la tierra del estadio donde a veces clavábamos literalmente seis púas de veinte milímetros por zapatilla  para intentar no resbalar. Sí, dos centímetros de longitud cada clavo, en función de la humedad del terreno. (Pero había que correr con ese calzado: con zapatilla lisa era un circo.)

El material fabuloso que se estrenaba en México no estuvo a disposición de los atletas en Tokio 64. Pero cuatro años después, con el valor añadido de la altitud de la capital azteca, cayeron las marcas de casi todas las carreras: 100,200, 400, 800, 1.500 y los saltos, naturalmente.  ¿Se acuerdan de aquel brinco sideral  de Bob Beamon de 8.90? (sacó 71 cm. al segundo clasificado) ¿y el espectacular estilo que impuso Bob Fosbury en altura para llegar a los 2.24?   

Mi asombro iba en aumento al observar el veloz disparo de Hines en el hectómetro, o cómo Tommie Smith se atrevió a bajar dos décimas por debajo de los 20 segundos en los 200 metros, o aquella vuelta completa al anillo de Lee Evans para detener el crono en 43.8. 

Me frotaba los ojos. ¿De qué materia estaba hecho ese atleta para correr con esa velocidad? Comparé mi marca en 100 metros. Palidecí. La conclusión era escandalosa: Evans me ganaría en los cien y en los otros tres tramos hasta completar los cuatrocientos metros. Bueno, en realidad nos ganaría a todos los que por aquel entonces  tragábamos el polvo de nuestras pistas locales. Pero aquella experiencia valió la pena, porque además del estímulo natural, me sirvió de enseñanza, dada la casi total ausencia de monitores o entrenadores en esa época. 

Los XIX Juegos de la era moderna habían nacido con polémica. El dos de octubre se produjo la matanza de la Plaza de las Tres culturas, cuando el Gobierno mejicano de Díaz Ordaz reprimió una manifestación estudiantil. Pero en cuanto a resultados deportivos, México, 68 prendió en muchos de nosotros el fuego emulador de los héroes olímpicos. La hazaña del soldado griego Filípides, corriendo entre Atenas y Maratón, estaba cobrando vida a través de aquellos increíbles  deportistas. Fue en aquel otoño color sepia; lo viví en Ciudad Real, a través de la televisión y de las fotos del diario As.

Ahora lo rememoro con un deseo reivindicativo: todo adolescente con ideales tiene la obligación y el derecho de luchar por aquellos sueños en los que cree; es decir, hacer todo lo posible por convertirlos en realidad. Esa enseñanza forma parte del espíritu olímpico. Su símbolo: una llama viva, y que nunca se extingue.

Texto:  Juan Carlos Rodríguez. Periodista y atleta